sábado, 9 de noviembre de 2013
Un viejo olor a almendras amargas - Abel Mateo
Emecé Editores. Argentina, 1948. Rústica con sobrecubierta. Estado de conservación: Buen estado. Primera edición. 20x13 cm.; 222 pgs. Selección Emecé de Obras Contemporáneas. Intonso. El humorista que suele figurar en los catálogos de humoris tas es un hombre que hace de su mal humor y de su urbanidad una profesión. Porque, más que una posición -como lo pretenden los universitarios del humorismo-, el humorismo es una profesión: una profesión que obliga al profesional a convertirse en el hombre-válvula de su propia humanidad para discreto pánico y discreto regocijo del resto de la humanidad. El humorista (supongo que esto se habrá dicho hasta el cansancio) es un romántico empeñado en parecer un cínico para que no lo tachen de inexperto. El romántico tenía siquiera esa simpática senilidad infantil que ataca al hombre desde la adolescencia hasta la vejez reverdecida. El humorista, reaccionando contra aquella humana debilidad, se apresta a combatirla con una indignada tormenta de truenos, pero, como teme a todo lo excesivo, transforma los truenos en chistidos. De ahí su imperturbable aspecto de lechuza bien trajeada. De ahí su tristeza, por lo que no quiere ser y por lo que no se atreve a decir: por lo que tiene de hombre-v álvula de sí mismo. Abel Mateo -como tantos otros escritores que corren el peligro de ser llamados humoristas- no es un malhumorista sino un buenhumorista. Tiene -como el que se lanza a correr la verbena que es la vida- "pundonor y lo que hay que te ner". Pundonor y hombría para reírse y para reír libremente. Para humillar alegremente con su risa a todo lo que merece ser humillado y para remontar con la risa el prometido cielo de la propia alegría. Para decir lo que tiene ganas de decir y para exagerar lo que le da la gana de exagerar. Para tornar a su condición teatral el divertido grand guignol que los empresarios de la novela casera convirtieron en un psicoanalítico fru-fru de enaguas de bisabuelas y de gatos misteriosos con ojos de bisabuelos atravesados. Este y no otro -el de poner las cosas en su justo lugar- es el propósito de Abel Mateo, moderno Cervantes de las novelas policiales. El sabe que la única forma de tomar en serio la novela policial es hacerlo en broma, como es u na broma tomar en serio el suspenso. Porque el suspenso es la pornografía del sistema nervioso. Han sonado ya las doce de la noche de la literatura de kiosco. Con la última campanada invade el teatro Un viejo olor a almendras amargas. -Ignacio B. Anzoátegui. #OB-020875
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