sábado, 9 de noviembre de 2013

El cisne no canta al morir - Ernst Wiechert

Ediciones Lauro. Barcelona, 1946. Cartone con sobrecubierta, 20x15 cm.; 186 pgs. Muy buen estado. Col. Leda. He aquí un libro de trama sencillísima y tenue, una novela cuya armazón cabría comparar a las cinco líneas del pentagrama que, pese a no ser más que cinco l íneas paralelas, que acaso se funden en el infinito, pueden contener una inmensidad de sones y armonías. Sencilla como el pentagrama es la lira que pulsa Ernst Wiechert, y tal vez podría decirse que el número de sus cuerdas es el mismo de los preceptos en que se resumen los deberes del hombre cristiano. Cuerdas de un metal purísimo a las que el lenguaje se rinde como caja de resonancia, prestando gravedad y magnificencia a las imágenes, depurando las formas hasta reducirlas a la desnudez escueta de las esculturas helénicas. La luz difusa, astral, de EL CISNE NO CANTA AL MORIR ilumina un escenario que es grato a su autor: los bosques, las montañas, la tierra, primera maestra del hombre. En él sitúa a su héroe, un hombre desarraigado por l a guerra y por veinte años de destierro en un país que hiere a su retina con el espejismo inaccesible de la irrealidad. Cuantos le conocieron, le creen muerto. Muévese entre sus semejantes como un espectro; su propio padre, trastornado por la desaparición de sus otros hijos, se resiste a creerle un ser de este mundo. Extraño en un ambiente que no le concede siquiera un poco de espacio para vivir, va a ganarse el sustento como cazador al servicio de la dueña de la inmensa heredad dentro de cuyo s límites transcurrió su infancia. Una aura de ternura, leve como un sueño, viene a consolarle, y a partir de este instante, cual levantado descendiente de Robinson Crusoe, nuestro héroe va rescatando poco a poco, como de los restos de un naufragio, aquellas partes desgarradas de sí mismo con las cuales poder emprender por fin la reconstrucción de su espíritu. Renace en su corazón el amor a la tierra, a las duras faenas del campo; asiste anhelante y gozoso a los signos de fecundidad de la naturaleza que le rodea, y siente también, tibia como un manto de bendiciones, que la esperanza hace fecundar su propia alma. #OB-010731

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